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L'Ajuntament "rescata" un gos per gordo PDF Imprimeix Correu electrònic
Assumpte: Societat i Administració
dilluns, 3 de novembre de 2014 09:43
beagle

La familia está dispuesta a acudir hasta el Tribunal Superior de Justicia para recuperar a su mascota, de una raza caracterizada por su apetito insaciable

DOMINGO MARCHENA

Barcelona

El Ayuntamiento de Barcelona ha de­comisado un perro vacunado, censado y con chip identificador, por entender que su sobrepeso es una forma de “mal­trato” y “abandono”, aunque su fami­lia -y en especial su propietaria, una niña de 13 años- ha invertido conside­rables recursos económicos y judicia­les para recuperarlo. Toby, el beagle protagonista de esta historia, destapa la cerrazón que a veces convierte la Ad­ministración en El castillo de Kafka.

El animal vivía en un jardín de 300 m2, con una verja de dos metros, pien­so siempre a su disposición y una fuen­te de agua fresca. Tenía una caseta, pe­ro casi no la usaba. Por las noches dor­mía en la casa de sus amos, que piden reserva sobre su identidad. Cuando la familia tenía que ausentarse, ingresa­ba en una residencia canina de Castelldefels, a razón de 15 euros diarios.

Pese a tantos desvelos, además de gordo, Toby, era un consumado escapista: nueve veces se fugó desde el 2009. Junto a su casa, al pie de Mont­juïc, hay una escuela, y muchas veces los niños forzaban la verja para que sa­liera a jugar. En otras ocasiones, le en­señaban los bocadillos. Y eso es una po­derosa razón para esta raza. Toby, de 6 años, pesaba unos 30 kilos, más del do­ble de lo aconsejable para su tamaño. Siempre que se escapó, su familia lo rescató y pagó sin rechistar las tasas. Sin embargo, tras la última huida, el pa­sado abril, tardaron tres días en reco­gerlo porque el matrimonio se encon­traba de viaje y en casa sólo estaban la abuela y la niña, que no podían ir hasta la perrera. Cuando la pareja regresó, el Ayuntamiento había iniciado un proce­dimiento de decomiso porque el perro vivía “en malas condiciones” y tenía so­brepeso. Ahora Toby vive en una celda de 2x1 m2, con el suelo de cemento, sin compañía humana, menos cuando -los días que tiene suerte- los volunta­rios de la Arrabassada lo sacan un rato de paseo. La familia de Toby se pregun­ta qué propietarios vacunan, censan e identifican a su mascota con un chip para maltratarlo o abandonarlo. Qué propietarios se gastan más de mil euros en tratar de recuperarlo y pere­grinan por dependencias municipales, policiales y judiciales. Han efectuado decenas de llamadas telefónicas y han enviado un sinfín de correos electróni­cos. Se han entrevistado, incluso, con el concejal Jordi Martí, un conocido animalista, aunque sin éxito. Tras ago­tar la vía administrativa, los propieta­rios se han encomendado a la abogada Elena Moreno, que ha interpuesto un recurso ante un juzgado de lo contencioso-administrativo. El procedimien­to puede ser muy largo y costoso (tasas judiciales, honorarios de procurado­res y gastos de defensa) y llegar hasta el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya.

La letrada tiene la difícil tarea de tra­tar de explicar razones que para perso­nas normales son irracionales. Los fun­cionarios, por ejemplo, reprochan a la familia que no denunciara a los escola­res si es verdad que abrían la verja. “Pe­ro cómo íbamos a denunciarlos, ¡si son niños!”. Al final, casi por obligación, han presentado una denuncia, dejan­do claro, eso sí, que no piden sanción alguna para los críos, sino justificar las reiteradas fugas de su mascota.

Los propietarios de Toby también han efectuado obras para impedir que estos hechos se repitan y no rehúyen responsabilidades por su enésima fuga o por su obesidad (“es verdad, la yaya y la niña le han dado muchos capri­chos”), pero consideran que una multa y la imposición de una dieta serían me­didas más justas, humanas y proporcionadas que el decomiso. Dicen sentirse en un laberinto y no entienden que se les acuse de algo tan grave sin un acta de inspección o sin entrevistar a los ve­cinos, que certificarían lo mucho que quieren a su perro.  En esta lucha des­igual sólo una cosa les da fuerzas. El deseo, como dicen los padres, de ense­ñar a una niña que “los amigos no se abandonan, cueste lo que cueste”.»


 

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